Desde la prehistoria el hombre utilizó las pieles de los animales y es de suponer que, ya entonces, su afán innato de embellecer diera lugar a los primeros cueros artísticos, conjetura que queda confirmada en la época de Homero cuando se cita el empleo de pieles artísticamente trabajadas como parte o totalidad de la indumentaria de los héroes, como la égida del mismísimo Zeus.
En Grecia y Roma el trabajo del cuero dio lugar a diversos oficios: zapateros, guarnicioneros, constructores de coraza, y también finos artesanos que ornamentaban arcas, cofres y bolsas de viaje, aunque los cueros de lujo procedían de los países orientales que fabricaban bellos tapices de cuero labrado y bordados con hilos de oro y plata.
Cabe suponer por tanto que, como lugar de encrucijada, la Hispania romana -“semejante a una piel (de toro) extendida a lo largo de Occidente a Oriente” según palabras de Estrabón- ya destacara por la manipulación de las pieles curtidas de los animales (del latín, curium) y aprovechara su resistencia y flexibilidad.
En África destacaron Fez, en las adargas, Túnez, por sus repujados, estampados y mosaicos y sobre todo Ghadamés, en el Sahara, por los cueros labrados y estofados cuya fama dio lugar al nombre de guadamecí.
En Córdoba, capital de califato hispánico, esta forma de trabajar y decorar el cuero adquirió gran desarrollo y perfeccionamiento, así como un carácter autóctono que pronto permitió cambiar el nombre de guadameciles por el de cordobanes; lo que supuso, al mismo tiempo, su conocimiento en el resto de la península y en Europa, cambiando los temas y los motivos decorativos tradicionalmente árabes y obteniendo gran éxito.
La decadencia sobrevino más tarde por los cambios del gusto y los caprichos de la moda, deviniendo el arte del cuero en arte popular, intuitivo e ingenuo que practicaban talabarteros y guarnicioneros de manera artesanal, con encanto y carácter, pero sin excelencia artística.
El fin de esa catalepsia sobrevino a finales del siglo XIX, reestableciéndose las diversas técnicas con categoría de arte y apareciendo las escuelas especializadas para la enseñanza estética, técnica y científica en la confección de cueros artísticos. La corioplastia volvió a gozar en la primera mitad del siglo XX de tanto prestigio estético como antaño y como cualquier otra de las artes aplicadas, la pintura o la escultura.
Tras especializarse en Repujado en cuero y metal, enseñanza oficial tristemente hoy desaparecida, Pedro Hernández ha mantenido con tesón su amor por el arte del cuero reproduciendo en su trabajo, de alguna manera, la historia de este arte.
Así, podemos establecer en su carrera un primer período de descubrimiento del material y de sus diversas aplicaciones utilitarias, religiosas y decorativas; un segundo momento en que produce una interesante colección de iconos, que se completa con otros varios creados en metal o madera policromada y dorada; una tercera fase centrada en la producción de arabescos actualizados y reinterpretados y una cuarta etapa en la que evoluciona hacia una mayor conceptualización sin abandonar la pasión por lo bello.
En esta última etapa, la más actual, destacan dos tendencias básicas: una marcada por la deconstrucción de motivos decorativos propios de la etapa anterior y otra definida por la creación de volúmenes que recupera la pasión por el arte figurativo del ciclo de los iconos desde la laicidad moderna.
Las primeras etapas de la trayectoria artística de Pedro Hernández marcan su relación con la corioplastia tradicional ofreciéndonos un conjunto de obras sugerentes por la misma calidad y nobleza de los materiales en que están realizadas: la naturalidad de la piel, envoltorio de la vida, de base; oro y plata como complementos de lujo; estaño, acrílico o hierro como auxiliares humildes.
A ello hay que sumar la variedad de técnicas empleadas en la confección (modelado, incisado, calado, moldeado, mateado, repujado, trenzado, metalizado), así como la maestría, la habilidad y el buen hacer del artesano tradicional, de infinita paciencia. Y el color: el magnífico del cuero simplemente curtido o encerado, los alegres tintes, el aire majestuoso del dorado y del plateado, a veces envejecidos.
Destacan, además, las texturas con las que Pedro Hernández consigue expresarse e impresionarnos afectando no sólo a la vista, sino a todos nuestros sentidos, en una combinación de imágenes térmicas, olfativas, táctiles, cinéticas, provocadas por la armonía de los conjuntos en los que el artista se revela al elevar estéticamente el oficio y la artesanía: los fondos lisos o gofrados, total o parcialmente, confieren una gran vistosidad y riqueza a las obras; la definición de perfiles contribuyen a realzar ese carácter del trabajo, especie de obra de taracea; la precisión del repujado da lugar a verdaderos alto relieves potenciados por los acabados con pulimento.
Se trata, en definitiva, de un trabajo elegante, de exquisito gusto, de lujo sin ostentación, montado sobre el presupuesto del artista como el creador de cosas bellas y la inutilidad del arte en el sentido en que ya lo defendiera Oscar Wilde en el prefacio a El retrato de Dorian Gray:
“La única disculpa que tiene el hacer una cosa inútil es que uno la admire intensamente”.
La nueva manera en que Pedro Hernández se enfrenta al trabajo del cuero está menos sujeta a la tradición y se concentra por el momento en su exitosa “Pantomima: el hombre borrego” y en su último proyecto sobre la identidad del ser.
Domina ahora la técnica del moldeado para denunciar la estandarización de nuestro mundo y la mercantilización a la que estamos sometidos.
El artista ha evolucionado desde el virtuosismo con el cuero, material al que durante años ha aplicado todas las técnicas tradicionales en todo tipo de trabajos de un sobresaliente resultado, hacia la construcción de figuras y grupos escultóricos que, sin renunciar a los nuevos axiomas de belleza, la invocan, enmarcándose sus híbridos en una de las tradiciones estéticas más singulares del arte español -la del Esperpento- y reflexionando sobre la propensión al uso de la máscara, el descubrimiento del vacío y la ausencia de rostro y de compromiso por parte del ser humano.
Manuel Barrera Benítez